Las emociones desde la perspectiva de género y la diversidad
El mundo emocional, históricamente, ha calado desde una perspectiva de género tan desigual, como heteronormada donde se validan sólo dos géneros (/
) y se estereotipan sus expresiones y roles que mandatan cómo deben sentir, pensar, comportarse y relacionarse niñas y niños, mujeres y hombres: “los niños no lloran”, “los hombres tienen que ser fuertes”, las niñas juegan con muñecas y los niños, con autitos.
Desde la mirada de género podemos encontrar diferencias de todo orden: desde los colores, oficios, profesiones, sueldos, vestimenta, deportes, tareas en el hogar, tareas de cuidado, leyes, oportunidades, derechos, hasta el mundo emocional, donde todo ha sido diferenciado culturalmente, según género.
Aún esta tradición, que hoy tiende lentamente al cambio, podemos aseverar que las emociones no tienen género. Son reacciones psicofisiológicas que nos permiten conocernos, adaptarnos, relacionarnos, crecer y expresar nuestros sentimientos frente un evento o recuerdo.
En general, parte de la idiosincracia de los países incluye considerar más o menos “apropiadas socialmente” ciertas emociones dándole o quitándole espacio en el lenguaje, conversación, reconocimiento, contención y gestión de éstas. Personal, interpersonal y socialmente.
Este sesgo, que toca la esfera íntima de las personas, escala a dimensiones políticas debiendo revisar el andamiaje institucional que cuida y garantiza nuestra salud mental y emocional, como proyectando la legislación sobre los derechos más amplios de todas las personas, como de la educación emocional en el currículum como un requerimiento del espacio escolar para el desarrollo y bienestar integral.
Cada persona resume, no sólo su propia historia y circunstancias ambientales, sino también su acervo cultural. Reconocer nuestros propios machismos, el patriarcado que nos habita, es una reflexión fértil para comprender qué (nos) permitimos y qué no y qué hacemos con esto: ¿criamos con sesgos de género?, ¿educamos con sesgos de género?, ¿siento con sesgos de género?, ¿Reproduzco en mi familia, el aula, la oficina, la calle, etc. este orden social?
¿Cómo podemos promover una cultura que respete la igualdad de derechos entre las personas y que abrace la diversidad de forma inclusiva, equitativa y respetuosa?
Cada persona, independiente a su edad, debe responsabilizarse de su influencia social: de qué aporta a la comunidad. Somos, siendo o no madres o padres, siendo o no docentes, ejemplo formativo y, desde el lugar que cada cual ocupe, validamos actitudes, comportamientos, lenguajes, tratos, por nombrar.
Una cultura inclusiva, donde quepa lo diverso, necesariamente debe desmantelar el orden de la heteronorma sin asumir binario los géneros; usando lenguaje inclusivo, no sexista, nunca discriminatorio; visibilizando, representando y respetando la identidad y orientación sexual que cada persona sienta, problematizando la jerarquía que supone superioridad y subordinación. Igualdad de derechos es la crianza respetuosa; la publicidad que no cosifica el cuerpo ni estereotipa tareas o roles de género, por nombrar.
Por último, es importante considerar que la emocionalidad que integra enfoque de género, que no discrimina, ni bloquea, confirma a la persona en su libertad, dignidad, derecho a sentir y deber de gestionarlo en armonía, calma y sinergia.

